La sala de espera

La sala de espera siempre es un lugar frío y hostil. Cada cual en lo suyo esperando su consulta o su diagnóstico, metidos en sus móviles o en sus libros o revistas. Casi no se suele conversar, más bien es un espacio de eso, de espera.

Pero la sala de psiquiatría es distinta. Allí no hay prejuicios ni personas desconocidas, allí cada cuál es cómo es.

Marlene tiene anemia crónica. Es una mujer negra, de estatura media baja y algo gorda. No está allí por ella, sino por su hijo Bryan, que no se qué problema tiene porque no lo dijo. Sí se que ella tiene que hacerse transfusiones diarias debido a su enfermedad y que su hermana la lleva en auto, porque una vez fue en ómnibus y se descompensó y se cayó.

Ester tiene depresión. Además de que tiene que visitar seguido al traumatólogo por no se qué problema. Ella vive en una casa cerca de un arroyo, cerca de donde vivo yo. Paga diez mil pesos de alquiler, pero ya se está por mudar porque no le da el dinero y además la casa tiene goteras y humedad, y la dueña no le da una solución. Vive con su hijo y con su nieta. Su rostro tiene un no se qué que me hace recordar a alguien o algo, y me da una sensación de tristeza extraña.

María tiene ansiedad, creo. Exactamente no se qué le pasa, ha hablado conmigo todo el rato pero me ha preguntado sobre mí, siquiera alcancé a preguntarle qué hacía allí. Sólo se que su hija va a la escuela “especial” y que le pidió al coche escuela que por favor se la dejara en la policlínica porque no llegaba a recogerla.

Josefina está parada frente a mí, es una señora muy coqueta de cabello colorado y cuando habla se menea de un lado a otro, gesticula y se ríe muy alto, es graciosa. Tampoco se qué hace ella aquí, sólo se que su hijo vive en España con su esposa, que una vez fue al casino después de pagar unas cuentas y con doscientos pesos que le quedaban jugó y ganó ochenta mil.

María charlaba con otra señora sobre mí, antes de atreverse a hablarme diciendo que qué joven que era, que qué horrible que tuviera que estar allí. Yo les he contestado que estaba por el pánico y han comenzado a preguntarme cómo era.

María nos contó que a su hermana le pasó una vez, que quedó ciega por momentos y que el perro ladraba y ladraba y la madre, que vivía en el frente, no ha sido capaz de ir a ver qué le pasaba a la hermana de María, y que gracias a Dios que la ayudó hoy está viva.

Nélida es una señora negra y bajita, simpática, fue la que me ha contestado cuando pregunté qué número iba. Ella me contó que le curó la anemia a su nieta tostando cáscara de huevo y pisándola con el palote hasta que se haga polvo, mezclándosela en todas las comidas se curó.

Josefina también nos contó que para cortar la mala racha, su bisabuela decía que había que pisar en el barro bien fuerte hasta dejar la marca de la pisada bien grabada, luego con una pala, agarrar la tierra bien de debajo de la pisada y darla vuelta. Decía que era la mejor forma de terminar con la mala racha. En eso que estábamos conversando ha salido la doctora y ha dicho mi nombre, era mi turno.

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