Lo que mata es la humedad

Se fue y dejó la puerta abierta. No había nada que me molestase más que eso. La intimidad que por tanto tiempo me había sido corrompida, seguía siéndolo, vez tras vez, ya no aguantaba ni quería nada más.

Ese día había estado extraño. La humedad afuera empañaba los vidrios y mojaba los pisos y las almas. El cielo estaba encapotado, como queriendo llover, pero no llovía hace días. El espesor en el aire parecía cortarse, no había un respiro de aire limpio, todo estaba impregnado en un gris húmedo, incómodo. El suelo rebosaba agua, y todo estaba lleno de gotas a medio caer, como todo por aquí. Yo no quería más que irme del mundo hasta que todo retornara a ser como era, con el frío de aquel invierno congelándonos los huesos.
Sabía que nada era normal. Nunca había imaginado terminar (o comenzar) allí ni ahí, pero algo me ataba y atrapaba a aquello, y no era algo que quisiera o pudiera controlar. Estaba allí con un signo de interrogación constante, clavado en mí como una estaca y no me lo podía arrancar. Había en mí tantos pendientes y tantos porqués. Me inundaba de preguntas el corazón, y no sabía responder ninguna.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s