La Parábola de la Mano Dura

Érase una vez un pueblo muy pequeño. No contaba con más de 80 habitantes. Las calles de pedregullo y los árboles decorando las veredas, junto con las casas de colores, formaban un espacio cálido y ameno.

Cierto día sucedió que al despertarse, las gentes del pueblo, descubrieron que les habían robado. Todos con gran preocupación, comenzaron a especular quién podría haber sido.

A todas las familias le faltaba algo de su casa. A Juan le robaron la lamparita del frente de su casa. A María, el número de la casa. A Lourdes en cambio, le faltaba una maceta con su planta favorita. A Jonathan le robaron una rueda de su bicicleta, y a su abuela, la ropa de la cuerda.

En el almacén y en la carnicería el tema central era ese.

La vecina María pensó: “Será el hijo de Lourdes, lo veo muy seguido afuera con unos amigos raros. Será todo para vender y drogarse”.

Pero a su vez, Lourdes pensaba: “Será el marido de María. Supe que no tiene trabajo, además siempre fue medio loco”.

Juan, de la esquina, dijo: “Estoy seguro, fue Jonathan, el nieto de Mirta. Dejó de estudiar hace unos meses, está para la vagancia”. 

Pero Jonathan pensaba: “Seguro que fue Juan, siempre está mirando para todas las casas, ya tenía todo planeado”.

Y así siguieron por días.

Otro día, la Comisión Vecinal, decidió hacer una Asamblea. Sería en la casa de Juan. Estaban dispuestos a descubrir quién había cometido el terrible hecho.

“Esto antes no pasaba. Ahora los padres le dan mucha libertad a los hijos”

“Los tiempos de antes eran mejor”

“Hay que poner Mano Dura” – Se escuchaba en la Asamblea.

Así fue. Cada quién pensó que lo mejor era poner Mano

Dura, y por mayoría, votaron que iría a la cárcel todo aquel sospechoso de delito.

María culpó al hijo de Lourdes

Lourdes al esposo de María

Juan a Jonathan

y Jonathan a Juan.

Todos fueron encarcelados y culpados por el mismo delito. Se había concluído que todos eran culpables y cómplices. Aunque cada uno de ellos se proclamaba inocente.

María descubrió que con su esposo encarcelado no podría sostener su calidad de vida, así que decidió irse a vivir con su madre. Tiempo después le diagnosticaron depresión y ansiedad.

Lourdes se quedó sin dinero, era mucha la comida que le enviaba a su hijo que estaba encarcelado. Tuvo que vender la casa y se quedó en la calle.

Juan se volvió loco. No paraba de repetir: “mano dura para los delincuentes” una y otra vez, no puedo soportar la presión y se mató.

Jonathan se cortó los brazos, no soportó el encierro. Su abuela al enterarse, murió de un infarto.

El pueblo cálido y ameno de antaño se fue desvaneciendo. Ya no quedaba en el pueblo persona que no estuviese herida, por dentro o por fuera. Ya no quedaba quién no se arrepintiera de la propuesta, ya no quedaban esperanzas. Se había convertido en un pueblo hostil, sin empatía, cruel. Así fue que de apoco el pueblo fue desapareciendo, siendo absorbido por el pueblo contiguo y quedándose sin identidad. Los habitantes, uno por uno fueron muriendo o emigrando, dejando sus casas y sus costumbres para convertirse en alguien más. Siquiera quedó el rastro de un pueblo que un día, prefirió olvidar.

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