El Pibe

-Qué ganas de hacer un escabio- dijo él. De fondo sonaba La Base y las ganas de romperse reinaron. Las penas y las alegrías las ahogaban en un poco de alcohol, mientras bailaban y celebraban las ganas de vivir. Parecería insólito, paradigmático y hasta patético. Allí en esa casa la tristeza no tenía cabida, no había quién les achacara. De pronto, sonó el teléfono.

-Tenés que matarlo- le dijo. Y El Pibe no lo dudó un segundo. Salió encaminado al lugar donde le proveerían del armamento, los proyectiles y la dirección. Una vez allí, El Pelado, como se lo conocía en el barrio, le entregó una mochila de color negro.

-Acá está todo lo que necesitás- dijo El Pelado. El Pibe se limitó a mirarlo con ojos de fuego, enloquecido de ansiedad y furia, y se fue. Emprendía el largo y tortuoso camino hacia la muerte, el asesinato y la oscuridad. Él asumió su papel en ese momento y lo cargó a cuestas junto con la mochila.

Antes de llegar sintió la necesidad de llenarse de fuerza, deseaba que del cielo alguien le bajara, en ese momento, un superpoder. No deseaba la inmortalidad, no le importaba morir. Sólo necesitaba más fuerza. Algo que lo estimule, que le haga olvidar por un momento el compromiso. Tanteó el bolsillo derecho de sus jeans desgastados y no encontró nada allí. El izquierdo, tampoco. Los de atrás, menos. -¿¡DÓNDE MIERDA LA PUSE!? – pensó. Quedó obnubilado por la rabia y la cobardía unos minutos, hasta que se acordó de algo; -¡Claro, la mochila!- recordó. Abrió la mochila y allí estaba su superpoder: algo que su tío le había enseñado a tener siempre con él, para que nunca se olvidara que los mortales también podemos tener superpoderes. La Bolsa. -¡Qué felicidad!- Por un momento pensó que no podría cumplir la misión que le habían encomendado y por la que le pagarían unos cuántos billetes. Abrió la bolsa con los dientes y con ayuda de una moneda de dos pesos, esnifó poco más de media bolsa. Era un superpoder caro, pero poderoso. –Por lo menos pa’ una horita me da- Pensó.

Todo sería rápido. Iría a su encuentro y tras gritarle unas cuantas cosas en la cara, para distraerlo, sacaría el revólver calibre treinta y ocho que le habían dado ya con unas cuantas balas dentro, y le dispararía, a quema ropa, en el pecho dos y otros dos en las rodillas, cuestión de que no pudiera levantarse y caminar, cuestión de que muriera allí desangrado, sin poder pedir ayuda. Era el plan perfecto, sí. –Soy el propio- pensó. –Lo mato y ya está, me voy- La cana no va a venir hasta después de un rato, en ese momento yo ya voy a estar allá, disfrutando de la plata que me voy a ganar- volvió a decirse para sí. – Paso a buscar a La Lore y le digo pa’ ir pa’ casa a escabiar y bailar. Y después de eso echamos un polvo. Sí, sabelo, es esa. Se va a quedar re contenta La Lore. Hasta le puedo comprar un chocolate si me da el tiempo. O capaz le llevo unos porritos, creo que le va a gustar más.-

El Pibe siguió caminando. Era un camino largo y hacía calor. Al cabo de un rato llegó al lugar pactado. Era un descampado en un barrio de la ciudad, pero estaba lo bastante alejado de las casas como para que el sonido de los proyectiles se sintiera, pero no tanto. Al escuchar, los vecinos no sabrían bien de dónde viene el sonido, así que no se alarmarían.

El Pibe vio que no había nadie aún, así que se sentó en el cordón de la vereda y encendió un cigarrillo mientras esperaba. –Ya está, paso, le compro un chocolate y le llevo unos porritos, así se me queda contenta aquella- pensaba. Retraído en su pensamiento, olvidó estar alerta.  Pocos segundos pasaron cuando El Pibe dejó caer el cigarrillo de entre sus dedos y su pecho empezó a sangrar. Alguien le había disparado por detrás, y la bala atravesó su espalda hasta salir por su pecho. En unos segundos El Pibe ya estaba en el suelo, sangrando, luchando por mantenerse vivo, despierto, alerta. Deseando que viniera la ambulancia, la policía o un vecino. Nadie llegó. El lugar estaba lo suficientemente lejos como para que los vecinos no se percataran de que el sonido había sido de una bala. El Pibe empezó a arrastrase por la calle, intentando llegar a algún lugar, que alguien lo viera. No le importaba que encontraran la mochila negra. Él pensó también en una excusa. Pensaba decir que la mochila era del agresor, que se la había olvidado allí por salir corriendo. Pensó también que cuando volviera, iba a preparar el mejor escabio de la vida. Y que por todas esas veces que no fue a ver a su madre, ni a sus hermanos, iría el doble, hasta iría a vivir con ellos si lo dejaban. Iría a ver a La Lore y le llevaría ese chocolate que tanto le gustaba y los porritos. Se los fumarían juntos mientras escuchaban La Base, Damas Gratis, o El Indio Solari. Iba a llevar a su hermano al estadio a ver a Rampla e iba a dejar de pelear con su mamá. Pero El Pibe lentamente fue cerrando los ojos, hasta que en un momento dejó de respirar.

La policía lo encontró dos días después. La mochila a su lado estaba abierta y de su mano derecha colgaba el calibre treinta y ocho, de la izquierda, La Bolsa. Tenía un orificio de entrada y otro de salida en la sien. Los médicos declararon suicidio. Y en su expediente, para siempre, quedaron grabadas las siguientes palabras: Ezquizofrenia delirante con espisodios agravados por el uso de drogas que terminó en suicidio. 

 

Fin.

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