Capítulo I: De amor y de guerra

Eran las dos de la mañana. La luna sin completar su figura alumbraba esa noche con una fuerza extraña.

-¿Qué pensás hacer después? – Le dijo, mientras contemplaban el techo lleno de manchas de humedad por el temporal intenso de días antes.
-Tal vez irme a Córdoba. Tengo familia allí y según dicen es tranquilo, y eso es lo que necesito, tranquilidad. Me cansé de estar acá. Estoy podrido-
Macarena suspiró y giró para agarrar un cigarrillo de la mesa de luz y encenderlo. Dio una larga pitada y después de largar el humo dijo:
– Sos un cobarde.- Diego la miró y no contestó, esa respuesta sonó tan fría y tan estúpida, que quedó desconcertado y no supo qué contestar. No era lo que esperaba. Así que simplemente se limitó a pedirle la mitad del cigarrillo para fumarla e irse a bañar.

Diego contaba con 26 años. La posibilidad de formar una familia siempre le había sido ajena, temía el fracaso. Tener una esposa, hijos y dos perros sonaba absurdo. Aunque alguna vez lo hubiese pensado, eso no era cosa suya. A él le gustaba andar por lo bares y ciudades, conociendo gente y culturas nuevas, conquistar a una mujer, ir a la cama, coger desenfrenadamente e irse. Esa era su vida y su moral y no pensaba cambiarla. Hace algunos años, alguien había roto su percepción del amor y los perros. Tres años en los que había entregado todo, hasta la última gota de su amor y su pasión. Pero ella un día se fue y lo dejó allí, con un manojo de despojos y una caja llena de recuerdos. Así que desde ese momento había decidido no volver a querer nunca más.

Al cabo de un mes, Diego estaba instalado en Córdoba. Allí la vida se llevaba bien. Nadie lo conocía además de su familia, así que nadie lo perseguía ni lo miraba de manera extraña. Podía hacer sus cosas tranquilo, de verdad había paz y a veces tanta que se sentía solo. Macarena y toda su humilde humanidad se habían quedado en Uruguay y por momentos la extrañaba, extrañaba su piel, su cuerpo sudado encima del suyo, su pelo suelto y su cara de curiosidad y placer. Pero intentaba ahogar esos pensamientos con un poco de vino, música y otras mujeres.
De pronto, un recuerdo nubló sus ojos:

– Hola ¿sabes dónde está Bedelías?

Unos ojos verdes como hojas perennes se clavaron en los suyos marrones, y una sonrisa blanca y delicada se atravesó con la suya.

-Estoy buscando lo mismo, si querés vamos juntos.

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